El mejor amigo: ¿realidad o cuento?

Comúnmente nos referimos al perro como el mejor amigo del hombre. Sin duda es un acercamiento saludable y que puede implicar muchos beneficios para ambas partes. Pero ¿realmente lo tratamos así? 

Los amigos pueden estar vinculados entre sí toda la vida, pero también son capaces de llevar vidas independientes por períodos más cortos o más largos si las circunstancias lo requieren; se ayudan mutuamente pero no esperan una devolución inmediata de favores;  disfrutan de estar juntos solo porque sí, pero también se respetan mutuamente, permitiendo que el otro desarrolle una personalidad independiente.

El perro es un animal con una historia evolutiva única, que necesita ser respetado como una especie con su propio destino y permitirle ser en lo que se ha convertido: un perro. Cumplen tantos roles en nuestras vidas humanas, desde guardianes a compañeros de trabajo, desde molestias públicas a sustitutos de hijos, que muchas veces nos olvidamos quienes son y qué necesitan, nublados por lo que nosotros queremos que sean y que necesiten.

Trabajando con perros con problemas de comportamiento y sus familias, me he dado cuenta que un gran porcentaje de esos problemas tienen que ver con las expectativas que ponen las personas en ellos. Casi todos tienen una idea muy clara de lo que quieren que su perro haga o deje de hacer, las actividades que quieren compartir con ellos, cómo debe relacionarse con otros perros y personas, y de como es su personalidad. Y cuando estas cosas no se cumplen, aparecen las frustraciones, los rezongos, los enojos, y empieza a surgir gradualmente la idea de que el perro tiene algo roto que hay que arreglar. Pero ¿qué pasa si a mi amigo no le gustan las cosas que yo quiero? ¿si no es tan sociable como yo espero? ¿si tiene necesidades que son incompatibles con mis deseos?

Sistemáticamente privamos a nuestros perros de las actividades que más disfrutan, ya sea evitando que las hagan o castigándolos por hacerlas. Tanto lamer (e incluso comer) caca, como revolcarse en cosas asquerosamente olorosas, montar a otros perros y oler compulsivamente traseros de otros perros, son actividades que en la etiqueta social canina son perfectamente normales y saludables. Pero no podemos (o queremos) permitir que las hagan, y si insisten en seguir haciéndolas buscamos todo tipo de dispositivos y métodos para evitarlas a toda costa. 

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Eso no!

Los exponemos a situaciones que les causan estrés, incomodidad, ansiedad o miedo, y además no les permitimos demostrar descontento.  Como si por ejemplo, quiero que mi perro tenga una relación con mi sobrino como las que veo en los comerciales y memes de redes sociales, lo expongo a que lo aprieten, lo besen, se le suban arriba y le griten, sin permitirle además que manifieste su desacuerdo con la situación gruñendo o alejándose. Con actitudes como estas, estamos erosionando y dañando la relación y la confianza que tiene el perro en nosotros, confianza en que queremos lo mejor para él y que vamos a velar por su seguridad. Y si no lo hacemos, va a tener que hacerlo por si mismo.

¿Eso le haríamos a un amigo?

Respetar al perro como un amigo es lo mejor que podemos hacer por su bienestar y por nuestra relación, pero reconociendo que ese amigo es de otra especie, con su propia historia y forma de ver el mundo. Y si pretendemos que comparta nuestra vida humana, lo menos que podemos hacer por él es acompañarlo, al menos un poquito, en su vida perruna.